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Carpe diem.


domingo, 27 de enero de 2008

Misión: sobrevivir a las rebajas

Aunque muchos puedan creer que lo que afirmo en el título no es cierto, os aseguro que puede conseguirse, aunque muchos hayan dejando la vida (y la tarjeta de crédito) en el intento.

Posiblemente mi éxito se deba a la gran capacidad de adaptación de los seres humanos que los expertos aseguran que tenemos. Ya lo decía Charles Darwin en su famoso libro "El origen de las especies". Es posible que sea así, o todo haya sido cuestión de suerte; es decir, estar en el momento inadecuado en el lugar inoportuno pero aún así salir airoso y con vida gracias al espíritu de supervivencia.

El otro día debía mirar varias cosas en unos grandes almacenes porque tenía que hacer algún regalo pero no me acordaba (¿la memoria humana puede ser selectiva?) de que ese mismo día empezaban las rebajas. Lo dicho: combinación peligrosa (momento inadecuado y lugar inoportuno).

Yo notaba que el ambiente de los grandes almacenes era bastante peculiar pero seguía en mi feliz ignorancia. Hasta que llegué a la planta de ropa. Femenina, para más datos. Tenía la obligación de comprar algo a una amiga y no disponía de otra tarde libre, por lo que me armé de valor para superar el desafío. Ahora comprendo cómo se sienten los concursantes de "Supervivientes". Ni los mosquitos jejenes son tan molestos.

Ahora reflexiono sobre aquella tarde "fantástica" y llego a la conclusión de que conseguir algo bonito, bueno y barato en las rebajas es mucho más difícil (y peligroso) que apuntarte a un safari de animales salvajes en Kenia, lograr que nadie se te cuele en la cola de la panadería, acertar con el carril rápido cuando estás en un atasco o que te solucionen una incidencia cuando llamas al departamento de atención al cliente de un proveedor de Internet.

Después de otear el horizonte en busca del objeto deseado, logro vislumbrar al fondo de la planta una estantería rebosante de jerséis, confeccionados gracias a la contribución de varias llamas del altiplano boliviano, a buen precio. Me acerco con paso decidido y casi marcial, y cuando estoy a punto de rozar con las yemas de los dedos un jersey adecuado para mi amiga, me encuentro con la oposición física de dos hermanas que, con coreografía sincronizada no exenta de firmeza, me impiden acercarme. Incluso en un momento determinado retroceden y me dan un pisotón de tal calibre que pensándolo ahora todavía me duele. En un primer instante de dolor y casi de desvanecimiento pensé que mis pobrecitos dedos se habían convertido en un muñón con aspecto de cabeza de tortuga.

Recuerdo que en mis tiempos mozos solía triunfar en el equipo de baloncesto de mi instituto por mis grandes movimientos y habilidad para desplazarme sin balón. Ya está decidido. Voy a hacer la jugada 3 porque nunca falla. Amago que voy hacia un lado y, a continuación, hago un reverso rapidísimo para entrar por el flanco contrario. Error. Una de las hermanas me hace un bloqueo que me impide acercarme a la canasta (o sea, a la estantería) y encestar fácilmente (quiero decir, agarrar el jersey). Impresionante. Seguro que esa mujer podría estar en el equipo defensivo de la NBA por su potencia y control. No se movió ni un milímetro. Todavía me acuerdo de su mirada desafiante e incluso agresiva. Pensándolo mejor, creo que volveré más tarde por el jersey.

Voy a aprovechar para comprar un regalo muy original para estas fechas: unos calcetines. Digo original porque a los chicos nunca les regalan calcetines, no sé por qué, con lo útiles que son. Lo más curioso de todo es que hay una tendencia a la talla única. Nunca lo he entendido. O sea, ¿un servidor y Fernando Romay podríamos usar los mismos calcetines? Supongo que yo no tendría muchos problemas pero a él creo que le pasaría algo parecido a lo del muñón que he explicado antes. Podría no llegar la circulación sanguínea al final de sus larguísimas extremidades inferiores.

No lo tenía pensado pero al ver una camisa que me gustó decidí ir a probármela. Otro situación tremendamente peligrosa es acercarte a la zona de probadores en días de rebajas. Te acercas y vas viendo la cantidad de gente que se acumula en la entrada y más si hay un único probador en toda la planta. Recuerda a los corrillos que se forman alrededor del trilero que siempre está con la misma cantinela: "Venga, acércate y prueba. Venga, si sólo hay que saber dónde está la bolita..."

A veces entrar en el probador es más difícil que acceder a las zonas de seguridad del Pentágono. Primero que te toque tu turno. Después hablar con la chica que está vigilando. Después pasar la ropa por el mostrador para que el arco de seguridad no comience a sonar con un pitido tan irritante como agudo y perjudicial para el tímpano. Después que te asigne la "cabina" correcta. Después que te dé un cartón con el número correcto de la cabina. Después que te dé una tarjeta de plástico de forma muy extraña con el número de prendas que te pruebas. Y después de probarte todo y quedarte con cara de estúpido porque las mismas tallas de marcas diferentes nunca te quedan igual (¿asignan las tallas según el número que sale del bingo?), te toca hacer todo lo anterior en orden inverso para volver a ser "libre". Eso sí, esbozas una sonrisa cuando recuerdas aquel vestido rojo pasión que se había puesto aquella chica y que, casi por arte de birlibirloque, la había transformado en un ser vivo con dificultades respiratorias debida al aprisionamiento que sufrían varias zonas de su cuerpo. Era como un lomo embutido pero con cabeza y extremidades.

Después de todas estas experiencias, reflexiono y llego a la conclusión de que conseguir algo a buen precio, pasa factura (nunca mejor dicho) a mi salud mental y que vale la pena que escape del consumismo capitalista lo antes posible. Hasta la próxima, amigos.


2 comentarios:

steve dijo...

Javi - 3, Steve - 0. Dame tiempo...una semana...quizá dos...quizá más....jajaja!!! Que gusto leerte!!!

ericbeat dijo...

Hola Steve:

Qué honor que puedas leer algo de este humilde servidor.

Que conste que tú eres el maestro que me marcó el camino de los blogs.

Que la fuerza te acompañe.