BIENVENIDA
Os doy la bienvenida a mi blog.
Este blog nace con la intención de ser no solamente un lugar donde incluir mis opiniones, comentarios, sugerencias, vivencias, informaciones interesantes, divertimentos, etc., sino también un espacio común donde poder comunicarnos.
Aceptaré todo tipos de críticas, aunque prefiero las constructivas, que me ayudarán a mejorar.
Espero que os guste.
Carpe diem.
miércoles, 26 de julio de 2023
Mi experiencia como Hiposfitter
Dedicado especialmente a Mònica M.
Hola. Soy Javier y soy un Hiposfitter. Para los que no conozcáis dicha disciplina es una combinación de Hipopresivos, introducción al Pilates y reeducación postural. Hace varios cursos que comencé dicha disciplina en un centro de fisioterapia y me apetece compartir con vosotros mi experiencia… ¡Allá vamos!
Antes de todo quisiera especificar que mi condición física no es la más idónea y que hay dos conceptos (flexibilidad y agilidad) que no están en mi diccionario corporal. Yo lo intento, pero dichos conceptos no los encuentro en los músculos y en las articulaciones de mi presunto cuerpo masculino.
Debido a mis problemas de espalda me recomendaron hacer ejercicio y/o sesiones de fisioterapia y entonces apareció Hiposfit. Antes de explicar lo divertido, quisiera decir que gracias a dichas sesiones he podido dejar de tomar el antiinflamatorio diario que estuve tomando durante años.
Pues bien, vamos a comenzar. Empiezo el curso de Hiposfit y me explican que todo son movimientos, estiramientos y que como mucho se utilizan elementos como cintas elásticas, pelotas de yoga, “churros” de piscina, pelotas de tenis, etc.; es decir, nada “sospechoso” de causar agujetas en el cuerpo. Pues bien, quiero decir que utilizando dichos elementos “inofensivos” y sin salir de ese espacio reducido que es una colchoneta de yoga, salí los primeros días con agujetas. ¡Ojo! Con agujetas saliendo por la puerta de la sala donde hacíamos las sesiones, no era necesario esperar al día siguiente para que mi cuerpo me dijera que estaba moviendo músculos y/o grupos musculares que desconocía que tuviera el cuerpo humano y, mucho menos, mi cuerpo serrano.
Ahora que lo pienso… más que tener agujetas, todo yo era una agujeta. Me dolía el zancajo, el occipucio, el cuadril, la corva y cualquier otra parte del cuerpo que os podáis imaginar…
Para que tengáis una idea más visual de un servidor saliendo de la sala de tortura (perdón, de ejercicios): parecía Chiquito de la Calzada. Primero decía “No puedorrr. No puedorrr”. Seguidamente caminaba hacia adelante y hacia atrás de manera arrítmica. Levantaba una pierna, la dejaba en el aire y no sabía si podría dar el siguiente paso o hacer un molinillo para coger impulso con el consecuente sufrimiento de la rótula. También me ponía la mano en la cintura como hacía él (aunque yo intentando averiguar si es posible tener agujetas en los michelines). Y después de pensar que no volvería a la siguiente sesión me decía: “Cobarde, pecadorrr”. En fin, lo que se dice ser un “fistro” o “pecador de la pradera”, lo que prefiráis.
Perdón por introducir una pequeña anécdota: la única vez que he pedido hacerme una foto con alguien fue con Chiquito cuando me lo encontré en un restaurante de Málaga. Pocas veces he sido tan feliz. Chiquito, te echamos de menos porque eras muy Grande. Perdón por el paréntesis. Sigo.
Hay muchos momentos que paso a narrar para que os podáis hacer una idea de mis peripecias como hiposfitter.
Momento “Buda”: sobre todo cuando tengo que sentarme en la colchoneta con las piernas cruzadas y mirar al espejo. Entre mi poco volumen capilar en la cocorota y la barriga prominente (aunque prefiero llamar capa protectora de los abdominales), parezco el Buda.
Momento “Bulto sospechoso”: es cuando intento hacer un ejercicio o estiramiento determinado pero no me acaba de salir bien y el resultado es una postura o un escorzo más bien extraño y poco natural. Muchas veces ocurre cuando la barriga hace tope con otra parte de mi cuerpo o alguna extremidad que intenta sobrevivir a la presión sufrida.
Momento “No cojo el ritmo”: es cuando todos mis compañeros y compañeras de clase van al mismo ritmo y/o moviendo las mismas extremidades que la monitora y yo, como alma libre que soy (o que creo que soy), voy a otro ritmo, moviendo un brazo o pierna que no es la correcta, etc. Siempre que ocurre esto, pienso qué poco aprendí de ritmo, armonía y regularidad en la mili y en las clases de bailes de salón. Es lo que tiene ser un rebelde de la cadencia…
Momento “Col lombarda”: es más o menos el color de mi careto después de hacer alguna serie de ejercicios continuada y con cierto esfuerzo físico. Es algo un poco raro porque tengo un fondo físico impresionante e inimaginable… Nunca mejor dicho lo de fondo. Debe de ser que está tan al fondo, que no llego nunca a él.
Momento “A partir de la repetición número 15 es cuando hacemos ejercicio de verdad”: es cuando yo me pregunto por qué no empezamos a contar a partir de la repetición número 15, que es cuando hacemos ejercicio de verdad. Otra alternativa para llegar antes a dicha repetición 15 (o al número que quisieras) sería contar utilizando los números primos: 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, etc.
Momento “¿Dónde estoy?”: es cuando me quedo absorto en mis pensamientos (me sabe mal decirlo, pero tengo un mundo interior muy interesante y a veces me refugio en él) y me quedo como extasiado, en Babia. En fin, que me quedo “empanado” e igual sigo haciendo el ejercicio anterior porque no he cambiado al nuevo ejercicio o no he cambiado el brazo o la pierna que ahora tocaba. Gran frase lo de cambiar de brazo o de pierna. A veces, necesito literalmente eso, cambiar la extremidad, porque la original suele estar ya un poco desgastada y cansada.
Momento “Estoy viendo la luz”: es cuando hago ejercicios y veo la luz. Afortunadamente todavía no he visto el túnel (ni tan sólo un puente) y la luz realmente es la del foco de la sala de ejercicios que me da en el sufrido rostro, pero ¡joder! a veces mis neuronas están distraídas y me pego un susto porque me da la impresión de que la Parca me está esperando para llevarme a otra dimensión, sea desconocida o no.
Momento “¿Necesitas algo?”: es cuando la monitora pregunta educadamente eso y yo sólo alcanzo a decir: “Aire. Necesito aire…” A veces enlazo este momento con el Momento “Col lombarda” que he explicado antes.
Finalmente he llegado (casi vivo) al final de la sesión. Recojo las cosas e intento encontrar (a veces con la ayuda de los compañeros) la dignidad y la autoestima perdidas durante los 45 minutos previos de clase.
Cuando salgo ya de la sala me acuerdo de lo que dice Leo Harlem y que yo creo que también sufro: el síndrome del azulejo. Es más fácil partirme que doblarme…
Hasta la próxima Hiposfit-aventura…
viernes, 22 de mayo de 2009
Las tribulaciones de un paciente en el dentista
Después de unos meses de tranquilidad física y espiritual tuve que ir al dentista para que me efectuaran, en vivo y en directo, una revisión "tipo ITV" de mis piezas dentales. Debo confesar que, gracias a los nuevos adelantos tecnológicos, todo ha cambiado bastante y no tuve muchos problemas, pero el ambiente y algún que otro olor sí provocaron en mí recuerdos de años anteriores en otras ¿clínicas? dentales y que se tradujeron en escalofríos en mi dolorido espinazo. Ahora al menos tengo dentistas en femenino, que siempre es mejor. Bueno, vale, vale... ya paso a contar algunos de ellos.Sobre todo recuerdo una ocasión en la que el tiempo de espera fue doble, porque tuve que esperar bastante en la sala dedicada a tal fin y también después, cuando entré en el cubículo correspondiente (ahora conocido como "box", que siempre lo inglés mola más) y dejé que mis posaderas probaran la comodidad durante mucho tiempo de aquella especie de butaca - camilla.
Pues lo dicho, después de minutos y minutos de espera en la sala de ídem y de repasar revistas tan interesantes y formativas como las del corazón y/o las de coches (dos temas que no me interesan en absoluto), me hicieron pasar al lugar de los hechos. En tal lugar me invitaron a sentarme en aquella especie de butaca - sillón - camilla, me colocaron un mini-babero para que las pruebas del delito no mancharan mis elegantes ropas y me pusieron directamente esa boquilla retorcida del aparato succionador para ir adelantando. "No se preocupe, que el dentista viene enseguida", me dijeron amablemente.
Y yo permanecí en aquella situación y postura hasta nueva orden, ya que mis progenitores me enseñaron en mis primeros años de existencia que la obediencia es una gran virtud. El dichoso aparato (cuyo inventor seguro que pensó en aplicar al ámbito dental el artilugio-succiona-ubres utilizado para ordeñar vacas y otros animales susceptibles de extracción lechera) realizó su función a total satisfacción, puesto que mi boca quedó libre de saliva y se me resecó con gran rapidez. Yo, aburrido, sólo me distraía en hacer voces extrañas con aquel aparato en la boca y citar aquello de "Luke, soy tu padre", cual triste imitador de Darth Vader, esforzándome en grado sumo por darle un tono metálico a mis palabras.
Como el susodicho dentista - odontólogo - estomatólogo (cuantos nombres para lo mismo, ¿por qué?) seguía sin aparecer, me dediqué a acercarme esa curiosa luz que alumbra menos de lo que imaginas pero que te jode la vista igual. Y claro, me puse a recitar todas aquellas frases típicas de los interrogatorios de las películas de serie B. "No sé donde está el botín, lo juro". Nota aclaratoria: cuando hablo de botín con minúscula me refiero a aquello que consigues (dinero u otros objetos) después de un robo, no al Botín, con mayúscula, el del Santander, que tiene guita larga y para aburrir. Continúo. "Estoy diciendo la verdad, el conductor debía quedar con nosotros para repartir el dinero, pero se largó". "Lo juro, lo juro, no veo el informativo de Sánchez Dragó en Telemadrid". Etc. Etc. ¡Hay que ver las tonterías que se ocurren a uno cuando está solo y aburrido! Y si no, pues que se lo pregunten al impresentable de George Bush, que afortunadamente ya está fuera de circulación. Yo siempre lo digo, hay pocas cosas más peligrosas que un tonto - inepto - estúpido con poder. ¡Pero si casi se ahoga con una galleta! ¿Qué le pasó? ¿Se confundió y se zampó unas snack friskies caninas? Perdón, que me pierdo, me pierdo, y me voy por otros derroteros.
Después de unos minutos de larga espera y sequedad bucal, vi aparecer al dentista en cuestión. Realmente quedé impresionado por su firmeza al caminar y dirigirse hacia mí. A su impecable y blanco uniforme le acompañaba un elemento situado en su boca. Es curioso, vamos al dentista y él ve nuestros dientes pero nosotros no vemos los suyos y así saber cómo trabajan su colegas de profesión. ¡Maldita desventaja! Pues eso. Un elemento en su boca llamado "mascarilla", cuya función principal no es asegurar la higiene (no os dejéis engañar), sino tapar ciertas características faciales de su rostro y así dificultarnos la identificación cuando lo veamos por la calle, por alguna reclamación dental y/o monetaria. Por cierto, ahora estamos viendo en telediarios que algunos usan la susodicha mascarilla a porrillo, porque estamos inmersos en el peligro y la paranoia del "resfriado gorrino", concepto que acabo de crear para quitarle importancia y virulencia a la gripe porcina internacional.
Es curioso que cuando los dentistas empiezan a trabajar sobre, entre, hacia, contra... tus piños, te quedas medio absorto, anestesiado y sordo, debido a la multitud de manos que aparecen y desaparecen, artilugios con sonidos estridentes y muy desagradables que parecen que han salido de un museo de la tortura medieval e instrucciones en clave del estilo: "Practicar periodoncia en pieza 12 superior, combinando puente con implante, sumando funda si es necesario" (?). Lo dicho, una tortura. Además, no entiendes nada y te clavan un dineral por conceptos que se te escapan de tu presunta comprensión.
Después de haber efectuado las tareas de extracción, derribo e implantación correspondientes, te saludan atentamente y para que te vayas contento te dan un kit básico de limpieza; a saber: estuche de plástico con el nombre de la clínica dental, cepillo con cubrecerdas a juego, pasta (que te dura dos días), colutorio (que tiene las mismas letras que "locutorio" pero que, como diferencia, es imposible hablar si quieres utilizarlo) e hilo dental (que te dura dos días). Tú contestas: "Grrrrrassssssssiassfffffffgggggg", puesto que tu boca y tus mofletes tienen vida propia y no puedes coordinar los músculos de tu curioso semblante. "Tranquilo, que la anestesia durará poco..." Llega la hora de pagar y curiosamente te acercas al mostrador y te vuelves medio tonto porque no puedes articular una palabra sin comerte o añadir algún sonido de más o que se te escape el aire cual rueda pinchada. Es el síndrome "cara cartón - piedra". "Teee paghfo llo dehoyss y danme horra parta la sssemanya quoue vien·ner".
Tan sólo quiero salir a la calle y que me dé el aire fresco en la cara. Y cuando lo hago me doy cuenta de que la baba me ha llegado hasta el occipucio y continúa su camino por el cuello de la camisa. Seguro que si me miro en un espejo, ni Jim Carrey sería capaz de transformar su cara en algo remotamente parecido a mi jeta. Y lo peor es que se me ha quedado en la cabeza la cancioncilla de cuando estaba en la sala de des-espera-ción: "Dientes sanos, dientes blancos", tirori, tirori, chim pun, chim pun.
Eso sí, si los colegas te preguntan qué estabas haciendo la tarde anterior cuando no contestabas al móvil, siempre puedes decir aquello de: "Ayer estuve con una mujer que me plantó en una butaca, me puso en posición horizontal y durante más de 50 minutos me dejó con la boca abierta".
domingo, 5 de octubre de 2008
FAMILIA, S.L.
Por gentileza de Xavi B.
Hace ya doce años monté una empresa con mi hasta entonces socia temporal. Yo prefería una relación entre autónomos, pero ella me dijo quería tener mi paquete de acciones bien controlado. Así pues, formalizamos un contrato indefinido —según nos explicó el notario eclesiástico— con el objetivo de ser fieles en nuestras actuaciones y obtener el máximo rendimiento de la explotación común de la empresa. Así fue como nació FAMILIA, S.L., dispuesta a comerse el mundo.
Ya de buen principio nos tuvimos que pelear con los bancos para financiar nuestra sede social, nuestra flotilla de transporte (utilitario y scooter) y otros gastos menores. Sin embargo, nos marcamos unos objetivos realistas y coincidimos en aplicar los primeros beneficios en la compra de equipamiento de primera. Por supuesto, para sufragar parte de éste, recurrimos al apoyo financiero de los progenitores.
Los resultados de esta joint-venture no pudieron ser mejores, pues nuestros socios cedieron sus recursos a fondo perdido. ¡Nuestro primer pelotazo! Bueno, el segundo... Antes de formalizar el contrato, multitud de personas (próximas o no tan próximas) colaboraron, digamos amablemente, en la adquisición de numerosos bienes de consumo, convirtiéndose así en nuestros primeros proveedores.
Dos años más tarde incorporamos nuestro primer colaborador a la empresa, tras nueve meses de pre-contrato. Un tipo pequeño, quejica y con nula autonomía. Las atenciones que precisaba ese individuo iban a ser, sin duda, una pesada carga para la dirección, pero decidí ceder al olfato que mostraba mi ex-socia (ahora co-presidenta) en cuestiones de personal. No por nada me recordó que el peso de los recursos humanos siempre ha sido una tarea femenina. Además, la co-presidenta insistió en el carácter estratégico de esta contratación. Ciertamente, deberíamos invertir mucho en él en los primeros años, pero luego, con su enorme potencial, podría desarrollarse en más de un 400%.
Lo que pasa es ella no había tenido en cuenta el enorme coste en horas de formación que nos suponía un colaborador tan inexperto, aparte de los problemas de comunicación, deterioro físico de la sede social y falta de unidad en los objetivos corporativos. Pero, qué se le va a hacer... en todas las organizaciones hay enchufados.
Afortunadamente, podíamos recurrir con frecuencia a nuestros socios de joint venture, por ejemplo, cuando nuestra agenda nos obligaba a abandonar la sede social. En esos casos, se hacían cargo gustosamente del seguimiento del colaborador (era tan inútil entonces que no podíamos dejarlo solo), si bien ello comportaba cierto grado de sobre-atención. En otras ocasiones, tuvimos que echar mano de jóvenes profesionales free-lance para el cuidado de nuestro empleado improductivo, esta vez con evidentes tasas de sub-atención.
Por lo general, el colaborador mostraba su desagrado por ese marcaje tan estricto. Para nosotros, sin embargo, esto era totalmente necesario para evitar desviaciones indeseables. Y desde luego, por nada del mundo, queríamos que se pasase a la competencia.
Más adelante surgieron otros conflictos, relacionados con temas presupuestarios. La co-presidenta quería dilapidar los ingresos en productos que para mí no eran ni mucho menos estratégicos. Le intenté hacer entender el difícil equilibrio de la gestión diaria —agravada por el mamón del colaborador— y que la empresa no estaba para demasiadas alegrías. Entonces me amenazó con una SOPA hostil y con cortar los suministros de su financiera paterna. En teoría, yo tenía el 50% de las acciones, pero ella sabía utilizar muy bien sus argumentos: incluso llegó a decirme que no asistiría a ninguna reunión de trabajo íntimo (ya fuese informal o programada), aduciendo dolor de cabeza u otras excusas. En fin, dejé correr el asunto...
Y en el sexto año de nuestra fructífera unión, cuando nuestro colaborador estaba ya empezando a rendir (cumpliendo satisfactoriamente sus primeros programas de formación externos), la co-presidenta inició una agresiva campaña para convencerme de la necesidad de aumentar la plantilla. ¡Otro colaborador de bajo perfil! Le hablé de desajustes en la cuenta de resultados, de problemas logísticos, de complejos desplazamientos, etc. Y ello sin citar la terrible competencia que se iba a desatar entre los colaboradores; posiblemente nuestro empleado veterano se dedicase a aporrear al nuevo si no se veía justamente reconocido —a su criterio— por la Dirección General.
Una vez más, la co-presidenta se salió con la suya. Argumentó que, además de captar recursos para la empresa, gestionaba totalmente la organización y extendía su horario de trabajo hasta límites indefinidos. En suma, acumulaba los cargos de co-presidenta, gerente, jefa de RR. HH., jefa de proyectos (estivales), y currante de base. Finalmente afirmó que, o apoyaba su planificación, o se buscaría algún otro socio con quien fusionarse. Sin comentarios; al año siguiente tuvimos nuestro segundo colaborador.
Al cabo de poco tiempo, lo que yo había predicho se cumplió escrupulosamente. La feroz competencia entre los colaboradores se tradujo en una desestabilización total de los mercados internos y de la estructura organizacional. En vista de la situación, y para evitar abusos por parte del colaborador de más talla, la Dirección General (más unida que nunca) estableció un estricto reparto de tareas, con competencias bien delimitadas.
Nuestro empleado más antiguo reaccionó a esto con baja productividad, enfrentamientos sindicales y pésimos resultados en la formación externa. Dada la gravedad de los hechos, le amenacé con la supresión total de toda clase de pluses, primas y otras concesiones. A todo esto, el colaborador junior no paraba de reírse del senior y ya pedía ser jefe de algún departamento menor (en especial, el de Compra de Chucherías).
Tras un análisis a fondo del conflicto, propuse a la co-presidenta un severo mentoring para el veterano y una atractiva política de objetivos para el nuevo (sus primeras pagas a cambio de rendimientos adecuados y paz social). El plan funcionó, ya que ambos parecieron por fin entender las ambiciosas metas de la organización, y entraron en una etapa de franca colaboración y obtención de beneficios.
Hoy en día, los colaboradores han ganado ya cierta autonomía y, como clientes internos, no dejan de pedir todo tipo de bienes y recompensas. Todas sus peticiones han podido ser más o menos atendidas hasta el momento, pero ahora la co-presidenta ya tiene nuevos planes. Dice que ya no tiene retos, que la empresa se está estancando y necesita nuevos estímulos. ¡¡Me temo que pronto me va a sugerir un nuevo aumento de plantilla!!
domingo, 13 de julio de 2008
El bolso femenino (visión masculina)

El bolso femenino, uno de los mayores misterios de la humanidad
Quizás el título de este artículo puede parecer un poco exagerado, pero desde mi humilde punto de vista creo que podría estar en lugar destacado de los mamotretos que podríamos consultar sobre los grandes misterios históricos y/o arqueológicos de nuestro planeta. Así, a bote pronto se me ocurren otros que pueden estar al mismo nivel: el significado del monolito de la película 2001 Odisea del espacio, si existió realmente la Atlántida, si primero fue el huevo o la gallina, si España pasará de cuartos en algún Mundial o Eurocopa de fútbol (bueno ahora tendría que eliminar esta opción porque el “gazpacho mecánico” ha triunfado) o qué bebida contenía la taza de Pepe Navarro cuando presentaba Esta noche cruzamos el Mississippi.
Después de esta breve introducción digna de cualquier sesudo y complejo estudio de una universidad estadounidense y/o británica de prestigio, pienso que debería centrarme en el intríngulis propiamente dicho, que podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿La capacidad del bolso de una mujer es infinita? Me sorprendo tocándome el mentón (señal de que mis neuronas intentan conectarse para producir una idea) y me surge otra cuestión al respecto: ¿Existe algún protocolo oficial y consensuado internacionalmente sobre qué debe llevar un bolso obligatoriamente? Vamos, lo que sería unas normas estándar, como unas ISO para el contenido del continente al que nos referimos.
Sí, sí, ya sé, muchos y muchas pensarán que soy un exagerado y que empiezo a divagar, pero es que yo he visto sacar de la chistera, perdón, del bolso, casi cualquier cosa. Intentaré hacer memoria sobre esto. La cosa se complica por momentos, pero intentaré hacer una lista lo más completa posible:
- Llaves varias con un llavero que podría ser la sandalia artesana de Menorca, por ejemplo.
- El resguardo de una tintorería (relativo a varias prendas masculinas de un ex novio y que nunca se recogieron porque el tonto aquel no se fijó en el vestido nuevo ni tampoco en el nuevo peinado en un día muy especial, ¿un aniversario, quizás?).
- Elementos de higiene personal (hasta aquí puedo leer, como decía Mayra Gómez Kemp, sí, sí, la del “Un, dos, tres” que no era ni la Ruperta ni las tacañonas).
- Kit “tengo casi 30 años y me tengo que quitar años de encima como sea”: con todo tipo de potingues de precios caros y que siempre en el título ponen algo de nutritiva, reafirmante, reconstituyente, antiarrugas, liposomas, avena y no sé qué más.
- Una rebequita porque nunca se sabe cuánto frío puede hacer cuando el sol se esconde (ui, la última parte suena como el título de una canción de los años 80, ¡qué cursi me ha quedado!).
- Kit “me pongo guapa en 5 minutos”: peine, cepillo, goma del pelo o pinza para el mismo cometido, pulserita y pendientes a juego, maquillaje, perfume, gafas de sol, barra de labios (normal, con brillo, water proof...), eye liner, rímel, tapaojeras, colorete, pinza para pestañas, etc.
- El último libro que se está leyendo (o el penúltimo que leíste, porque a lo mejor el último está en la mesita de noche).
- Monedero (algunos de formas bien extrañas para ser un simple receptáculo para la calderilla).
- Tiritas de papel de la última visita a la perfumería.
- Pañuelo de cuello (foulard para los finos).
- Pañuelos de papel (si son mentolados, son la repera).
- Móvil (¿con batería de respuesto y/o cargador para el cenicero del coche?).
- Chancletas, sandalias o zapatos de repuesto (un par a elegir, no los tres).
- Agenda (con anillas o no) y lápiz o bolígrafo incorporado (¿regalo de alguna convención o conferencia?).
- Etc.
Seguro que hay más elementos o adminículos que podrían aparecer en la lista pero creo que ya está bien, que no es plan de hacer una lista más larga que los títulos de crédito de El señor de los anillos.
Aparte de todo esto, creo que la peor frase cuando una chica está rebuscando en su bolso algún objeto en particular es: “He cambiado de bolso y me lo he dejado en el que utilicé ayer”. Ante este grave problema yo propongo lo siguiente: meter todas las cosas importantes y/o imprescindibles en otro bolso más pequeño (también llamado “neceser“ para los hombres) y éste introducirlo en el gran bolso, aquel que debe combinar cromáticamente con el jersey, los zapatos, el vestido, la diadema, los pendientes, la blusa, el foulard, la chaqueta, etc. De esta manera siempre llevas “dentro” lo necesario y por “fuera” combina con lo que te interesa.
Después de haber aportado una solución casi “mágica”a este gran problema cotidiano y de índole universal, me retiro a mis aposentos no sin antes amenazar con volver en cualquier momento y para cualquier otro tema.
Hasta pronto.
El bolso femenino (visión femenina)

¿Bolso o martirio?
Por gentileza de Montse R.
El tema “bolso” se ha convertido en un suplicio, que no le quepa duda a nadie. Ya desde que se compra hay que lograr que cumpla con una serie ineludible de características, a saber: bonito, práctico, bien acabado, con capacidad suficiente, que combine con tu ropa y, sobre todo, cómodo. Ha de tener también cantidad suficiente de bolsillos, escondrijos, separaciones y apartados para ubicar con orden la cantidad ingente de cosas sin las cuales no puedes salir de casa. Otro detalle a tener en cuenta, a menudo el último, es que su precio no obligue a contener el más canallesco insulto a la sociedad de consumo.
Según el nivel de pijez de la usuaria se puede iniciar la búsqueda del bolso perfecto en lugares dispares como: tienda especializada, gran superficie, tiendas de todo a 100, tiendas de chinos y mercadillos. En estos últimos, rebuscando bien y sin pretender ir a la última, es posible encontrar modelos aptos para venderse en tienda especializada a precios que fácilmente pueden representar una cuarta parte de lo que allí pedirían.
Para una mujer que se precie es inconcebible salir de casa sin haber conjuntado el atuendo, no sólo con el color de ojos, de día y de zapatos, sino también con el bolso. Este detalle, cansino por cierto, obliga a disponer de una sección del armario, de la entrada, del guardarropa o del perchero dedicada al almacenamiento masivo de estos complementos. Y lo que es peor, obliga a un trasiego incesante de cosas de uno a otro. Éste es uno de los motivos por los cuales la mayoría de las mujeres pasan gran parte de su vida revolviendo en el interior de sus bolsos enseres y adminículos, abriendo y cerrando bolsillitos y cremalleras o volcando el contenido con gestos rayanos en la histeria para asumir, con disgusto palpable, que no encuentran lo que buscan porque se lo dejaron en otro bolso.
En cuanto al contenido merece capítulo aparte. Es obligatorio salir de casa pertrechadas para cualquier contingencia, desde una rotura de costura, a una suciedad imprevista pasando por algún posible ataque de hambre o de aburrimiento. Por lo tanto, no debe faltar:
- Todas las llaves de la casa, del coche, del apartamento, de la vecina y de los padres (por si te las pide alguien, así no hay que ir expresamente a casa a buscarlas).
- Pañuelos de papel. Dos paquetes por lo menos. Una nunca sabe cuántos niños con mocos o compañeros resfriados habrá que atender.
- Toallitas húmedas. Hay suciedades que para desaparecer necesitan el concurso de productos químicos de última generación.
- Compresas y tampones suficientes por si recibes una visita inesperada y atropellada.
- Selección de caramelos, chicles y pastillitas para combatir malos alientos.
- Para la cuestión del mantenimiento: peine o similar, cepillito de dientes plegable con pasta incorporada, colonia o perfume (siempre según el nivel de pijez antes mencionado), crema de manos y kit de maquillaje de emergencia. Este apartado no se cumple en todos los bolsos, al menos la parte final. Depende, como es fácilmente deducible, de las costumbres de acicalamiento de cada usuaria.
- Según el nivel de conciencia ecológica, una o más bolsas de tela plegables, por si hay que comprar algo de última hora y poder prescindir del decadente y poco glamuroso plástico.
- Agenda-carpeta que incluya, aparte del dietario, espacio para ejercer de bloc de notas, de archivador de facturas así como de otros documentos necesitados de gestión o trámite burocrático. Ha de incluir un bolígrafo como mínimo.
- Teléfono móvil, con o sin funda protectora.
- Kit de costura (en franco desuso).
- Paquetito de galletas bajas en calorías o manzana, para superar ataques fulgurantes de hambre canina.
- Tabaco y adminículos de fumador (sólo las que fuman, por supuesto).
- Libro de turno (sólo las que leen, por supuesto).
- Lector de MP3, I-pod o artículo afín, que incluya la música sin la que no se puede vivir y la posibilidad de un lápiz de memoria para llevar y traer documentos en formato electrónico del ordenador de casa al de la oficina (también dependiendo de los usos y costumbres de la usuaria).
- Y por último, el monedero, elemento que podría merecer capítulo aparte. Lo ideal sería que hiciese juego con cada bolso pero pocas mujeres son capaces de soportar tal nivel de traslado de pertrechos en su vida, así que aprovechando la relativa privacidad que ofrece el interior del bolso, se utiliza el mismo siempre. Ha de contener sin falta las siguientes secciones: espacio para los billetes (puede ser escaso); espacio para la monedas (mejor con cremallera); espacio para las cuentas de los comercios que siempre se tiene la intención de revisar y raramente se hace; espacio para las múltiples y variadas tarjetas de plástico sin las que no se puede vivir (incluyendo la sanitaria, la de fichar en el trabajo, la de la biblioteca, la del RACC, la de la asociación X, la de crédito, etc.); espacio para tarjetas de visita que en cuanto te acuerdes tirarás a la basura (contenedor de papel, eso sí); espacio para el carnet de conducir; y exhibidor de fotografías de miembros de la familia.
En fin. Comprenderéis fácilmente la tragedia diaria de miles de mujeres, que se ven obligadas a arrastrar esas maletas de viaje disfrazadas de bolso de mano.
NOTA: Para poder leer la visión masculina sobre el bolso femenino, tan sólo debes hacer clic aquí.
miércoles, 11 de junio de 2008
¿Cómo dice? ¡Que tengo que trabajar 65 horas semanales! Je, je, je…
Nota preliminar: el amigo de la foto es Eddie Murphy, era para reforzar los “je, je, je” del título. ¿Os acordáis de su risa?
Estimados familiares, amigos y compañeros:
No salgo todavía de mi asombro. He escuchado (incluso leído) una noticia que provoca en mí un sarpullido generalizado, una falta de riego sanguíneo en mi limitado cerebro y problemas respiratorios. Estos desequilibrios físicos tienen como origen la siguiente noticia, totalmente cierta y por tanto prácticamente aterradora:
La Unión Europea ha aprobado por mayoría cualificada (¿qué narices es eso?) ampliar la jornada laboral semanal hasta 65 horas si así lo pactan (?) o deciden (?) empresario y trabajador.
Vamos a ver si el sofoco no me impide efectuar una serie de reflexiones (no sé si lúcidas, lo siento) al respecto.
Supongamos que “decido” cumplir 65 horas semanales y supongamos también que “decido” hacerlo de lunes a viernes. Si mis complejos cálculos matemáticos (gracias a un contacto que tengo en la NASA y que ha programado la operación aritmética correspondiente en una mega-hiper-super-extra-maxi computadora) no son erróneos, esto significa trabajar 13 horas diarias.
Y volvamos a suponer ya que estamos puestos. A estas 13 horas añado 1 hora para comer, 1 hora para llegar al puesto de trabajo y 1 hora para volver a mi BLH (Bonito y Lejano Hogar). Total: 16 horas.
Si al día completo, que todavía creo que dura 24 horas (¿algún alma caritativa pondría confirmármelo?, gracias), le resto las 16 calculadas, quedan 8 horas. Y como dicen que para estar en plena forma (para el trabajo) y para rendir bien (en el trabajo) hay que dormir 8 horas, pues ya tenemos el día completo. Es fantástico, no hace falta pensar en nada más. Es la fórmula perfecta para la rutina diaria de los pobres mortales.
Bueno tampoco hay que ser tan estrictos. Vamos a poner un ejemplo: si aprovecho a la vuelta a mi BLH (en el caso de alguna duda puedes consultar la solución en el segundo párrafo si miras hacia arriba) para ponerme el pijama mientras conduzco, quizás tenga 10 minutos libres al día, que bien invertidos sirven para diferentes cometidos. Os adjunto una lista para daros ideas (hay algunos que pueden hacer todas estas funciones en el mismo día, son los llamados polivalentes o multifuncionales):
- Hacer la compra, comprar el pan y el periódico.
- Limpiar la casa y/o el coche, hacer la colada, tender y planchar.
- Practicar ejercicio para estar en plena forma, ducharse, afeitarse, depilarse, peinarse... y todo aquello relacionado con la higiene personal que acaba en –arse. Espero que nadie piense en algo guarrete, por favor, que el tema ya es muy serio.
- Leer “Guerra y paz”, “Los pilares de la tierra” y “Un mundo sin fin”. Los acostumbrados a leer en diagonal, incluso podrían atreverse a leer las ediciones comentadas y con notas de los traductores.
- Ver en sesión continua Lo que el viento se llevó, Lawrence de Arabia, Doctor Zivago y Titanic, más los making off y extras varios.
Otra opción que podría considerarse es quedarse en el lugar de trabajo después de la “corta” jornada laboral. De esta manera te ahorras tiempo, gasolina y/o esperas y estrujones en los transportes públicos.
Eso sí, para que triunfara la propuesta anterior habría que establecer un plan estratégico y con disciplina castrense. Voy a extenderme en esta cuestión:
- Montar unas literas y convertirlas en las clásicas camaretas de cuartel, organizadas por departamentos o perfiles profesionales para evitar envidias y comportamientos insanos.
- Establecer un calendario para efectuar las imaginarias de rigor y evitar que nadie vaya al lavabo después del toque de retreta ni se dedique a robar bolis y post-its al compañero vacilón y poco trabajador.
- Tocar diana para que los esforzados trabajadores vayan rápidos en tropel como una tropa (ya sé, ya sé, hay cacofonía, pero me da igual, me apetecía y punto) hacia el lavabo para poder acicalarse y lavarse un poco, como cuando te quedas tirado toda una noche en el aeropuerto y tienes que lavarte con jabón líquido con olor extraño y secarte con papel higiénico, o peor aún, robar servilletas del McDonalds para el mismo cometido; pues lo mismo.
Este plan habrá que madurarlo pero tiene sus ventajas, a saber: te evitas atascos y autopistas en carreteras o sufrir las incomodidades casi infinitas de las masificaciones en los trenes, autobuses, metros y tranvías. Y lo más importante, ya estás en tu lugar de trabajo, es como una utopía hecha realidad, mejor que el teletrabajo o el teletransporte de Star Trek.
Todo lo anterior podría suponer la conversión de la oficina en una especie de “internado” (seguro que más aburrido que “La laguna negra”, el de Antena 3 TV) porque sólo puedes volver a casa el fin de semana, pero si le dais un poco al “melón” estoy convencido de que encontráis más ventajas. Cuando las sepáis, ya me las comentaréis.
Pues eso, hasta pronto amigos.
lunes, 14 de abril de 2008
¿Por qué escribimos mal y hablamos peor?
Cuando alguien quiere cambiar o quizás reconducir una situación, efectúa un giro de 360 grados. Si repasas las nociones matemáticas básicas de geometría, te das cuenta de que un giro de este tipo significa volver al mismo lugar de partida. ¡Pues vaya tontería, si no vas a moverte del sitio! Correcto: giro de 180 grados.
Ya que estamos hablando de giros, recuerdo aquel día que un conocido se había olvidado algo y dijo que tenía que dar la vuelta para ir a su casa y recogerlo. Yo, con toda la buena voluntad posible, le comenté que no lo hiciera puesto que se alejaría de su hogar cada vez más y más y más y más... Correcto: dar media vuelta.
En una retransmisión deportiva de baloncesto, el comentarista dice que fulanito juega el primer partido de debut con su equipo. ¿Cuántas veces se debuta con el mismo equipo? Las suficientes hasta que el locutor se entere (si eso ocurre). Correcto: el primer partido que juega con su equipo o su partido de debut.
También estoy cansado de escuchar que el conductor del programa tal es menganito. Pero bueno, si hay algunos que no tienen carnet de conducir (o peor, se lo han quitado). Los programas no se conducen, se presentan. Correcto: el presentador del programa.
En un informativo de televisión dan paso a la sección de sucesos y el reportero comenta que en esos momentos el forense está practicando la autopsia al cadáver. Gracias por la explicación porque si no fuera un cadáver, sería un asesinato realmente macabro y sanguinario. Además, si un forense todavía tiene que practicar, ¡apañados vamos! Correcto: realizar / efectuar la autopsia.
En otra ocasión, en uno de esos magníficos programas del corazón que se caracteriza por su cuidado lenguaje, comentan que tal famosete acudió a tal lugar con su bebé de meses. Muchísimas gracias por la aclaración, porque yo a veces pienso en un bebé de 27 años. Correcto: bebé. Y lo mismo podríamos decir de "kilos de peso" o "metros de longitud". Me ahorro los comentarios.
Yo entiendo que dominar la jerga náutica o naval no está al alcance de cualquiera y que la mayoría somos legos en tal asunto, pero ¿por qué hablan de que el yate tiene X metros de largo y X de ancho? ¿Nadie se acuerda de cuando hablaban de las maravillas del "Princesa del Pacífico"? Para los olvidadizos y/o jóvenes, era el barco de "Vacaciones en el mar". Para los olvidadizos y/o jóvenes, era una serie de TV bastante ñoña caracterizada por la indumentaria nfantil-tropical-hortera de la tripulación y por la aparición de antiguas estrellas de la tele o del cine venidas a menos. Correcto: el yate tiene X metros de eslora y X de manga.
En los numerosos espacios conocidos como "reality shows", el presentador siempre comenta que llega el peor momento porque los concursantes tienen que nominar a un compañero para la expulsión. Creo que deberían consultar el diccionario de la lengua y leer la tercera acepción del verbo nominar, puesto que textualmente dice lo siguiente: "Presentar o proponer a alguien para un premio"; ¿pero qué premio? Si lo que va a ocurrir es que lo van a echar de la forma más miserable y torticera. Correcto: proponer / elegir / seleccionar / escoger a alguien para la expulsión.
Bueno, no sé si otro día hablaré de este tema porque se me ponen los pelos como escarpias y tengo miedo de sufrir algún tipo de telele (y nunca mejor dicho por las barbaridades dichas por los que pululan por la "caja tonta"). Que la paciencia y el buen humor os acompañen.
domingo, 27 de enero de 2008
Misión: sobrevivir a las rebajas
Posiblemente mi éxito se deba a la gran capacidad de adaptación de los seres humanos que los expertos aseguran que tenemos. Ya lo decía Charles Darwin en su famoso libro "El origen de las especies". Es posible que sea así, o todo haya sido cuestión de suerte; es decir, estar en el momento inadecuado en el lugar inoportuno pero aún así salir airoso y con vida gracias al espíritu de supervivencia.
El otro día debía mirar varias cosas en unos grandes almacenes porque tenía que hacer algún regalo pero no me acordaba (¿la memoria humana puede ser selectiva?) de que ese mismo día empezaban las rebajas. Lo dicho: combinación peligrosa (momento inadecuado y lugar inoportuno).
Yo notaba que el ambiente de los grandes almacenes era bastante peculiar pero seguía en mi feliz ignorancia. Hasta que llegué a la planta de ropa. Femenina, para más datos. Tenía la obligación de comprar algo a una amiga y no disponía de otra tarde libre, por lo que me armé de valor para superar el desafío. Ahora comprendo cómo se sienten los concursantes de "Supervivientes". Ni los mosquitos jejenes son tan molestos.
Ahora reflexiono sobre aquella tarde "fantástica" y llego a la conclusión de que conseguir algo bonito, bueno y barato en las rebajas es mucho más difícil (y peligroso) que apuntarte a un safari de animales salvajes en Kenia, lograr que nadie se te cuele en la cola de la panadería, acertar con el carril rápido cuando estás en un atasco o que te solucionen una incidencia cuando llamas al departamento de atención al cliente de un proveedor de Internet.
Después de otear el horizonte en busca del objeto deseado, logro vislumbrar al fondo de la planta una estantería rebosante de jerséis, confeccionados gracias a la contribución de varias llamas del altiplano boliviano, a buen precio. Me acerco con paso decidido y casi marcial, y cuando estoy a punto de rozar con las yemas de los dedos un jersey adecuado para mi amiga, me encuentro con la oposición física de dos hermanas que, con coreografía sincronizada no exenta de firmeza, me impiden acercarme. Incluso en un momento determinado retroceden y me dan un pisotón de tal calibre que pensándolo ahora todavía me duele. En un primer instante de dolor y casi de desvanecimiento pensé que mis pobrecitos dedos se habían convertido en un muñón con aspecto de cabeza de tortuga.
Recuerdo que en mis tiempos mozos solía triunfar en el equipo de baloncesto de mi instituto por mis grandes movimientos y habilidad para desplazarme sin balón. Ya está decidido. Voy a hacer la jugada 3 porque nunca falla. Amago que voy hacia un lado y, a continuación, hago un reverso rapidísimo para entrar por el flanco contrario. Error. Una de las hermanas me hace un bloqueo que me impide acercarme a la canasta (o sea, a la estantería) y encestar fácilmente (quiero decir, agarrar el jersey). Impresionante. Seguro que esa mujer podría estar en el equipo defensivo de la NBA por su potencia y control. No se movió ni un milímetro. Todavía me acuerdo de su mirada desafiante e incluso agresiva. Pensándolo mejor, creo que volveré más tarde por el jersey.
Voy a aprovechar para comprar un regalo muy original para estas fechas: unos calcetines. Digo original porque a los chicos nunca les regalan calcetines, no sé por qué, con lo útiles que son. Lo más curioso de todo es que hay una tendencia a la talla única. Nunca lo he entendido. O sea, ¿un servidor y Fernando Romay podríamos usar los mismos calcetines? Supongo que yo no tendría muchos problemas pero a él creo que le pasaría algo parecido a lo del muñón que he explicado antes. Podría no llegar la circulación sanguínea al final de sus larguísimas extremidades inferiores.
No lo tenía pensado pero al ver una camisa que me gustó decidí ir a probármela. Otro situación tremendamente peligrosa es acercarte a la zona de probadores en días de rebajas. Te acercas y vas viendo la cantidad de gente que se acumula en la entrada y más si hay un único probador en toda la planta. Recuerda a los corrillos que se forman alrededor del trilero que siempre está con la misma cantinela: "Venga, acércate y prueba. Venga, si sólo hay que saber dónde está la bolita..."
A veces entrar en el probador es más difícil que acceder a las zonas de seguridad del Pentágono. Primero que te toque tu turno. Después hablar con la chica que está vigilando. Después pasar la ropa por el mostrador para que el arco de seguridad no comience a sonar con un pitido tan irritante como agudo y perjudicial para el tímpano. Después que te asigne la "cabina" correcta. Después que te dé un cartón con el número correcto de la cabina. Después que te dé una tarjeta de plástico de forma muy extraña con el número de prendas que te pruebas. Y después de probarte todo y quedarte con cara de estúpido porque las mismas tallas de marcas diferentes nunca te quedan igual (¿asignan las tallas según el número que sale del bingo?), te toca hacer todo lo anterior en orden inverso para volver a ser "libre". Eso sí, esbozas una sonrisa cuando recuerdas aquel vestido rojo pasión que se había puesto aquella chica y que, casi por arte de birlibirloque, la había transformado en un ser vivo con dificultades respiratorias debida al aprisionamiento que sufrían varias zonas de su cuerpo. Era como un lomo embutido pero con cabeza y extremidades.
Después de todas estas experiencias, reflexiono y llego a la conclusión de que conseguir algo a buen precio, pasa factura (nunca mejor dicho) a mi salud mental y que vale la pena que escape del consumismo capitalista lo antes posible. Hasta la próxima, amigos.
martes, 18 de diciembre de 2007
¡¡¡Sooooocooooorrooooo!!! Llega la Navidad (segunda parte)

Damas y caballeros. Estimado y respetable público:
Debido al ¿éxito? de mis reflexiones sobre la Navidad y a vuestra insistencia, me veo en la obligación de estrujar mis escasas y limitadas neuronas masculinas y redactar una segunda parte sobre todo lo que rodea al acontecimiento que celebramos el 25 de diciembre.
Una de las cosas que más me alteran es la profusión de todo tipo de iconos y símbolos navideños. Realmente es una avalancha de “señales” que te recuerdan una y otra vez en qué época del año nos encontramos inmersos. Y a las pruebas me remito. Como diría Horatio Caine (el pelirrojo de la serie CSI, el que siempre tiene en las manos sus gafas y mira de lado al sospechoso de turno; pues ése): “Las personas mienten; las pruebas, no”.
Llego al trabajo en estado casi catatónico, enciendo el ordenador medio sonámbulo y me dirijo a la máquina de café. Perdonad el inciso. ¿Habéis visto una máquina de éstas por dentro? Bueno mejor no lo explico porque puede salirme un sarpullido. Me centro en la cuestión: después de echar el dinero y darle al botoncito correspondiente, ¡zas!, aparece el vaso de plástico. ¿Y qué tiene impreso el vaso? Pues unas campanitas y una ramita de órdago. ¡Joder! Empezamos bien el día...
Empiezo a trabajar y de repente hay algo que capta mi atención. Me quedo quieto, atento, pongo mis orejas en punta como un lince ibérico en busca de presa y empiezo a alterarme. Son las 9.30 de la mañana y alguien ha conseguido que por los altavoces del hilo musical salga una combinación de notas musicales inconfundible: un villancico. Y otro, y otro, y otro... Después de varias horas aprecio que hay un cambio de estilo. Menos mal. Pues no. Ahora ponen una canción de Wham o George Michael (no lo sé) también navideña. Por fin se acaba, pero atacan de nuevo: “Feliz Navidad, feliz Navidad, próspero año y felicidad...”. Esto es increíble. Son nada más y nada menos que Boney M. Pero, ¡¡por Dios!! ¿No existe la compasión humana? Por cierto, el cantante del grupo qué raro era, ¿verdad? Aparte de lo hortera de su ropa, tenía los pelos a lo afro pero como si le hubiera atacado un cortacésped. Y cómo se movía, como si tuvieras espasmos, o pasara electricidad por su cuerpo... Yo tengo una teoría al respecto: le apretaban los calzoncillos, no tenía un riego sanguíneo adecuado y claro eso afecta a la cabeza y a las extremidades superiores e inferiores. Os adjunto una foto para que juzgueis vosotros mismos:
En un momento determinado necesito buscar una información y me conecto a Internet. Cuando estoy a punto de escribir la palabra en la casilla del buscador, me fijo en la parte superior de la página y aparece un muñeco graciosete que aparece y desaparece, un abeto y empieza a nevar sobre el nombre del buscador. ¿Aquí también?
Después de mis 8 horas obligatorias en el trabajo (¿trabajando?) me toca ir a comprar los fantásticos regalos de Navidad. Debo hacerlo. Tengo que ser fuerte y superar esta fobia. Estoy obligado a tener algún detalle con la familia. Si no lo hago, igual no quieren hablarme o ya no me invitan a las pantagruélicas comidas dominicales. Ostras, pues pensándolo bien, quizás vale la pena... Bueno, a lo que vamos, que a veces me desvío del tema.
Voy a unos grandes almacenes y casi me doy un encontronazo en la entrada con un tío de barba blanca, nariz roja, mayorcete el pobre, diámetro de cintura considerable, con botas negras, uniforme rojo, una campana y que, de vez en cuando, dice algo así como “Jo, jo, jo, jo...” (lo siento, ahora no me acuerdo si eran 4 o 5 “jo”). Seguro que hay entre vosotros alguien que ya sabe a quién me refiero. Si es así, ya puede llamar a la NASA porque allí están necesitados de gente con talento e inteligencia.
Aparte de los regalos más o menos habituales, compro cava, turrones, barquillos, licores con alcohol, licores sin alcohol, mantecados, polvorones… Por cierto, ¿qué diferencia hay entre los dos últimos productos? Nunca lo he sabido. Ah, le doy un premio a quien pueda comer dos polvorones, dos rebanadas de pan Bimbo y diga con toda claridad “Zaragoza”.
Ahora llega la última fase pero continúa mi sufrimiento. Llego a la caja y la chica intenta esbozar una sonrisa aunque le sale algo forzada. Lo entiendo perfectamente. Lleva un gorrito de Navidad y debe de tener sus extremidades inferiores en un estado lamentable. Seguramente cada vez que tiene su merecido descanso mira si todavía le quedan deditos. Además me da unas bolsas donde continúan apareciendo más motivos navideños. ¡¡¡Díos mío!!! ¿Cuándo va a acabar todo esto?
Después pongo la tele para intentar distraerme un poco, pero mi penitencia sigue y llega a cuotas casi inhumanas. Tengo familiares en casa y se empeñan en que hay que ver la programación de TVE. Si no, no vale. Callo por no insultar y me entran escalofríos de saber a qué me enfrento: programa especial de Navidad con Raphael y las campanadas con Ramón García. Aunque quisiera pasar del tema, no puedo evitarlo. Hay algo más anodino y pesado que aguantar año tras año al cantante con el “Tamborilero” ése y después ver a Ramón García con su típica capa anunciando las campanadas desde la Puerta del Sol. ¿Qué pasa con este hombre? ¿De pequeño nunca le compraron el traje de Batman?
Pues eso: feliz Navidad a todos.
martes, 11 de diciembre de 2007
¡¡¡Sooooocooooorrooooo!!! Llega la Navidad

Pues sí amigos, se acerca la Navidad, con todo lo “maravilloso” que eso significa. Si no estáis de acuerdo conmigo, os invito a que reflexionemos juntos y después podemos entablar un diálogo (o una discusión) sobre este tema.
Personalmente debo confesar que no me gusta mucho la Navidad. Bueno, creo que no me gusta nada. ¿Por qué? Tengo mis motivos y os lo expondré a continuación. Si tenéis paciencia para llegar hasta el final del escrito, quizás me déis la razón o quizás lleguéis a la conclusión de que, efectivamente, mi espíritu navideño es más bien escaso.
Creo que lo que peor sobrellevo es la “obligación” durante unas semanas de ser bueno y que los sentimientos humanos más solidarios afloren. Yo creo que esto debería ser siempre y no cuando nos acercamos al 25 de diciembre. La obligación de todos debería ser “haz el bien y no mires a quien”. Yo añadiría “en cualquier momento” (y no sólo en Navidad).
Otra cosa que me agobia mucho es la profusión desmesurada de anuncio sobre juguetes. Nos bombardean con spots del muñeco cagón, del muñeco meón, del muñeco que ríe, del muñeco que gatea, del muñeco que caga y ríe a la vez (¿existe?)... ¿Qué es lo que está pasando en la actualidad? ¿Un muñeco no tiene gracia si no tiene facultades que rozan lo escatológico?
Aunque lo que peor llevo es lo que os explico a continuación. Lugar: grandes almacenes de una ciudad importante. Día: cualquier sábado o festivo cercano al día de Navidad.
A muchas personas seguro que les encanta pasearse en estas circunstancias por unos grandes almacenes para mirar y remirar todo tipo de objetos. Yo no.
No puedo soportar los villancicos que escupen los altavoces a un volumen molesto para mis delicados tímpanos. A veces me cuesta días desembarazarme de ese zumbido que retumba por mi cerebro falto de neuronas.
No entiendo cómo hay algunos que disponen de unas manos con un agarre fuera de lo normal para llevar muchas bolsas y de tamaños importantes que te van dando sin ni siquiera disculparse. Una vez me dieron un golpe certero en el occipucio que casi me desmayo. Yo creo que el tío aquel tenía un revés más potente que Roger Federer.
En otra ocasión estaba inmerso en la búsqueda de algún producto que no recuerdo y fui embestido por una señora que con su carrito me dio un topetazo tal en el zancajo que por poco me tienen que cortar el pie como a Kunta Kinte (alias “Tobi”).
Y si empezamos a hablar de comer o cenar puede ser el acabose. Un descontrol de comida, bebida y sustancias estimulantes (café, licores, orujos, pacharanes, coñacs, whiskys, vermuts…). Vamos que después de estos días, tienes que llevar a cabo la dieta de la alcachofa, del pomelo y de cualquier otra verdura o fruta que se te ocurra.
Una vez estuve cenando en un restaurante y parecía que casi todos los presentes tenían una tendencia alcohólica más que acusada. Y claro, en tal situación, ¿qué pasa? Pues que los camareros se “contagian” del ambiente lúdico-festivo, con la consecuencia caída al suelo de todo tipo de comida y bebida.
Pues a lo que iba. Me dirigía al lavabo para aliviar la acumulación de líquidos y pisé en una zona donde se acumulaban restos de comida pringosa, salsas varias y bebida. Intenté escapar: mis pies se movían a gran velocidad pero quedaba atrapado como en el triángulo de las Bermudas. Parecía una escena de dibujos animados, puesto que mis piernas se movían y se movían pero yo no escapaba de aquel peligroso lugar. Finalmente pude alargar mi pierna hasta un sitio donde pude coger tracción y cogí tanta velocidad en un instante que casi me como el ficus que se encontraba al lado de la puerta de entrada del restaurante.
Después para llegar al lavabo tuve que sortear tantos obstáculos que era más difícil que superar la pista americana de los marines: niños, abuelas, suegras, cuñados, mesas amontonadas, sillas sin dueño, barriles de cerveza, árbol de Navidad, muñecos de Papá Noel, cables con bombillitas y más bombillitas…
Entro en el lavabo y allí parecía que estaban preparando la inauguración de un nuevo pantano. A duras penas sobrevivo a la situación (casi necesito un snorkel) y finalmente me lavo las manos. A continuación coloco mis manos estratégicamente debajo del aparato para secarme. Empiezo a mover las manos de un lado a otro, acercándolas y alejándolas, formando círculos… Seguro que está estropeado o desenchufado… Pues no, debido a mi falta de agudeza visual y/o atención, me doy cuenta de que había puesto las manos debajo de un aparato del que cuelga papel pero que estaba vacío. ¿Me estaré volviendo tonto…? ¿Estaré protagonizando una especie de “Pesadilla antes de Navidad”?
viernes, 7 de diciembre de 2007
¿Qué le pasa al cine estadounidense?
Actualmente el cine que se rueda suele ser, en su gran mayoría, falto de interés y sobre todo de originalidad. Esta tendencia ya comenzó hace varios años y sigue en caída libre a excepción de algún que otro ejemplo de película curiosa o interesante.
Ahora se hacen películas a partir de alguna película europea que haya tenido éxito o que se escape algo de los temas tan trillados, de una antigua serie de televisión, de cómics, de videojuegos, remakes de películas de gran éxito, de juegos de mesa, de noticias curiosas, de historias fantásticas o épicas sin mucha lógica, de casi cualquier libro que haya tenido éxito sin merecerlo especialmente...
A todo esto le podemos añadir esa multitud de escenas y situaciones tópicas y típicas que inundan los 24 fotogramas por segundo; por ejemplo:
- Un coche se aproxima, para, el conductor abre la puerta y el cámara siempre enfoca a sus pies. ¿Quiere promocionarse el sector del calzado?
- Si entras a oscuras en un piso (rectifico en "tu" piso), seguro que un gato con mala leche te da un susto de muerte. ¿Acaso no sabes que tu mascota vive contigo en el piso?
- Cuando cabreas a alguien por cualquier circunstancia seguro que te llama con tu nombre y apellido completos. ¿Hay alguna ley que obligue a utilizar nombre y apellido completos en caso de enfado monumental?
- El 95% de los estadounidenses viven en una casa monísima con amplio jardín por delante y con párking propio. ¿Quién vive entonces en los pisos? ¿Los desmemoriados con gatos cabrones?
- El motor de arranque de los coches suele fallar en los momentos más inoportunos y tensos. ¿Los coches en Estados Unidos no pasan la ITV?
- Para ser un buen policía debes cumplir una serie de requisitos: tener problemas con el alcohol, tener una vida más o menos atormentada, estar separado o divorciado, o si está casado encontrarse en un momento de crisis sentimental, tener un expediente por insubordinación, llevarse a matar con su jefe, tener un coche destartalado, tener encontronazos con Asuntos Internos... ¿El paradigma debe ser el John McLane de la "Jungla de Cristal"?
- Para llevar a cabo una investigación exhaustiva y con garantías de éxito siempre hay que visitar un local de streaptease. ¿No hay mejor sitio para encontrar fuentes fidedignas?
Siempre nos quedará París...
miércoles, 5 de diciembre de 2007
¿La última moda es vestirse con ropa conseguida en promociones de bebidas y de tabaco?
Conozco algún caso en el que ves claramente que esa persona se ha aficionado a acudir a cualquier promoción en la que pueda conseguir algún que otro artículo u objeto interesante. Y por supuesto la ropa de marca (de bebida alcohólica y/o de tabaco) lo es.
Cuando dicha persona se pone a tiro (visualmente) y tienes la posibilidad de fijarte en todos los detalles, reconoces nombres y logos que son familiares; es decir, que han formado parte de tu aprendizaje por todos aquellos locales donde te mirarían mal si pidieras una horchata o una zarzaparrilla. ¿No te suena zarzaparrilla? Sí, hombre. Es aquella bebida que pedían algunos duros vaqueros en películas del spaghetti western o eso al menos creo recordar.
Volvamos a lo que nos interesa. Pues sí, hay personas que se visten de esta manera y a las siguientes pruebas me remito. Advertencia: para no hacer propaganda gratuita de ciertas marcas, me veo en la imperiosa necesidad de alterar en algo su nombre comercial:
- Gorrito Gota B
- Pantalón Casiqué
- Camiseta Luqui_es_trique
- Polo Yeimisón
- Jersei Güistón
- Sudadera Malmorro
- Etc.
- Bandolera Ladios
- Reloj Marc Tiní
- Llavero Bífiterr
- Billetera Esmir_no
Último consejo: prudencia ante todo, que no vale la pena convertirse en una persona dipsómana para tener un fondo de armario más extenso.
martes, 4 de diciembre de 2007
¿La TDT es la solución?
Después de conectar el aparato para ver la TDT y efectuar una búsqueda automática de canales, compruebo que el número total de los encontrados no equivale al mismo número de canales diferentes; es decir, hay televisiones que se emiten en más de un canal. ¿Para qué?
Además de las cadenas nacionales y autonómicas, aparecen algunos canales curiosos en los que su objetivo es venderte cualquier tipo de utensilio u objeto extraño. Desde una crema de babas de caracol que servirán para que tu piel quede rejuvenecida y que no necesites liftings hasta un juego de cuchillos coreanos que cortan cualquier cosa y que pueden durarte tantos años que puedes dejarlos en herencia a tus nietos.
Hablando de espacios que te ofrecen productos para que compres. No sé qué tienen que te enganchan. ¿Será su repetición de las virtudes increíbles del producto? ¿Será que el presentador o presentadora suele ser alguien muy conocido y prestigioso? Estos presentadores igual son conocidos en su país porque aquí seguro que no. A continuación explico un fenómeno digno de constar en sesudos estudios de comportamiento humano.
Llegas a casa de madrugada pones la tele y cuando comienzan los "teletiendas" de turno comienzas a ponerte cómodo en el sofá, fijas tu atención en las maravillas del producto (y a sus ofertas incluidas si tu llamada es de las 50 primeras) y finalmente piensas: "¿Por qué narices no tengo ese juego de cuchillos coreanos? ¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin ellos? Con lo útil que pueden ser cuando tenga que cortar un clavo y, a continuación, pelar los tomates para hacer la ensalada... ¡¡¡Maldición!!! Porque no tengo saldo en la tarjeta de crédito que sino...".
Debo reconerlo, muchas veces después de zapear a diestro y siniestro sin encontrar nada interesante, me he parado en un programa de cocina. Quizás no aprenda mucho pero da gusto ver cómo manejan todo tipo de utensilios: ollas, cucharas, tenedores, fuentes, platos grandes, platos pequeños, cacerolas, sartenes... Pero nada es comparable a cuando llega el momento culminante: el cocinero coge el cuchilllo y mis ojos se centran rápidamente en él. Quiero saber, miento, necesito saber imperiosamente de qué marcan son... ¿Serán los coreanos? Como sea así, no tengo escapatoria, mi cerebro entra en un bucle y ya noto cómo mi mano se acerca a la cartera e intenta encontrar la tarjeta de crédito.
¡Estoy perdiiiiidooooo!
